Fresas o canela

No sé si coger las fresas y la nata. Quizás sea ir muy a saco y deba optar por algún dulce con canela, a ver si consigo excitarla y logro pillar. Llevo más de un año sin acostarme con una mujer así que esta noche tiene que salir todo a la perfección. Pienso en la rabia que le dará a Carla cuando sepa que he quedado con Martina, no puedo evitar asomar una sonrisa. Alzo la mirada y veo al dependiente de la tienda como me observa y la cara de “este tío está atontao” que me pone.

Vuelvo a mis pensamientos. Bueno, a ver, fresas o canela, fresas o canela… aish, bueno, ¡pues las dos cosas! Y según vea saco una cosa o la otra, o la otra de más abajo, jijiji. Se me vuelve a salir una sonrisilla tonta. Si es que el dependiente tiene toda la razón. Me acerco a la caja para pagar buscando en mi bolsillo trasero la cartera cuando ¡bam! Toooda una montaña de latitas de frutas en almíbar cae al suelo gracias a mí.

– Lo siento, lo siento. Ahora mismo se lo recojo. – consigo calmar al muchacho que ya venía enfurecido a echarme la bronca.

Ala, todo por el suelo. Latas, fresas, cartera. Me agacho para recoger todo el desastre cuando oigo el tintineo de la puerta abrirse con mucha prisa.

– ¡Contra la pared! ¡Vamos vamos!

Me agacho aún más intentando esconderme. El corazón está a punto de salirme por la boca. Nervioso me arrimo a las estanterías. Intento mirar entre ellas para ver cuántos son. Sólo uno. Palpo mi chaqueta y localizo mi placa y mi pistola. ¡Hostias! ¿Pero qué coño de pistola es esta? Mierda, mi sobrino Luis me ha dado el cambiazo. ¡Joder! No le tenía que haber regalado esa réplica tan buena para Reyes Magos.

Bueno, reflexiono. Con un poco de suerte este ladrón es novato. Pero los novatos son los peores, sueltan tiros y navajazos a la primera de cambio. Vuelvo a mirar entre los bricks de zumo y veo la navaja que el ladrón tiene en la mano. Me la juego.

– ¡Alto! ¡Policia! ¡Suelte la navaja y entréguese!

Ágilmente el ladrón se gira poniendo entre él y yo al dependiente apuntándole con la navaja en el cuello. Sus ojos me miran fijamente mientras sus pupilas se dilatan. Me ha reconocido. Es alguien que conozco.

– ¡Sé quién eres! – le miento – ¡Suelta la navaja y entrégate! ¡No hagas nada de lo que puedas arrepentirte!

No se lo ha tragado. No dice nada para que no le reconozca por la voz. Veo como susurra al dependiente. Se acercan dando pasitos a la puertas mientras sigo apuntando con mi pistola, de juguete. ¡jo-der! El ladrón abre la puerta, sale fuera y deja al muchacho en la puerta taponando mi única salida para atraparle. No puedo disparar. ¡Mierda¡ ¡Mierda! ¡Aaaah!

Me acerco corriendo al dependiente y miro su estado. No tiene ningún rasguño. Intento localizar con la mirada alguna pista de la dirección que ha tomado el ladrón. Nada. Imposible. Hay mucha gente y muchos callejones por los que se puede haber escapado. Ayudo al dependiente a levantarse.

– Era una mujer.
– ¿Cómo?
– Si, le he notado las tetas. Y le he arrancado esto en el momento de la huida. – asustado me entrega una pulsera – ¿Vendrá otra vez?

Miro la pulsera, es de piedras azules con una plaquita “Martina”. Enseguida lo entiendo. Esta noche iba a tener una cita inolvidable, pero no donde yo creía. Las fresas y la canela ya no eran necesarias.

 

Lanzaderas: perfección, Reyes. Propuestas por Gemma Garrido Macías. ¡jajaja! Seguro que esto no es lo que esperabas.