El amor escondido

– Risas. ¡Juan! ¡Despierta! ¡Se oyen risas! – Carlos zarandea a su amigo para despertarlo. Han pasado toda la noche encerrados en las mazmorras del castillo. El frío ha calado en sus huesos y le duelen los nudillos y las rodillas. – ¿Juan?… ¿Qué te pasa?… Despierta, ¡despierta! Venga venga. Se acabó el juego, no me está gustando esta broma. – Zarandea aún más fuerte pero Juan no reacciona.

La mirada de Carlos se queda congelada. Acerca su oreja al pecho de su amigo, no nota nada. Se quita un zapato para presentarlo a la nariz de Juan. Nada. Por primera vez toca la helada cara de su amigo. Nervioso indaga en el cuello de su amigo en busca de una pizca de vida. Pulso, tiene pulso. El corazón de Carlos se relaja por dos segundos y al tercero se acelera. Tiene que llamar la atención de esas risas.

– ¡Eeeeh! ¡Hooooolaaaaaa! ¡¿Hay alguien ahí?! ¡Estamos atrapados! ¡Ayuda! – se calla y espera. Espera. Espera diez segundos que le parecen diez minutos – ¡Oigaaaaaaa! ¡Socooorrooo! ¡Ayuuudaaaaa! ¡En las mazmorras! ¡Por favor! ¡Baje! – Carlos se gira para observar a su amigo, yace en el suelo.

Carlos busca con la mirada algo contundente. Agarra los grilletes que antaño se usaron para encadenar a los presos de la Inquisición y empieza a golpear los fríos barrotes. ¡Clan,clan , clan! Las piernas le tiemblan de miedo, sus débiles y nerviosas manos a penas pueden sujetar los pesados hierros. Fríos, están muy fríos, más que Juan.

El silencio es la única respuesta. Ya no hay risas. Apoya la espalda en los barrotes y se deja caer al suelo para terminar con la cara entre sus rodillas. Llora, llora como un niño pequeño desconsolado. No puede hacer nada. Se siente impotente. El culo se le hiela en un momento. ¡Ah! Levanta la cabeza y muestra sorpresa en su cara. Tiene que quitar a su amigo del suelo. Tiene que hacerle entrar en calor.

De nuevo su mirada busca. Al fondo de las mazmorras está la mesa del bastidor, es de madera. Saca fuerzas de la amistad que les une y arrastrando a su amigo cogido por los brazos lo acerca a la malvada máquina de tortura. Aparejo que ha hecho sufrir y alcanzar la muerte a decenas de personas, ahora iba a ser usada para todo lo contrario.

Por primera vez Carlos agradece la extrema delgadez de su amigo y logra subirlo a la mesa. Le quita los zapatos, el pantalón, la camiseta. Observa el cuerpo desnudo y blanquecino. Se da cuenta del amor que siente por él, no quiero perderlo por nada del mundo. Se quita los zapatos, los pantalones y la camiseta. El frío le hace temblar. Se recuesta sobre su amigo, ladeado para no aplastarlo. Lo abraza como lo hace con su almohada todas las noches.

Habría pagado por poder estar abrazado semidesnudo a su amigo, a su mejor amigo. Cierra los ojos y sonríe. Su mente se ha trasladado a una playa paradisíaca, se imagina junto a su amigo charlando sobre la película que vieron la noche anterior, planificando dónde van a ir a comer y por dónde se van a pasear por la tarde. En su sueño puede oír la risa de su compañero, puede ver la cara de felicidad que ambos tienen. Es un sueño precioso del que no quiere despertar.

Ya no siente frio. Unas manos le acarician la cara, se siente muy bien. Flota. Ahora entiende todas las mariposas en la barriga al verlo, el cansancio de su corazón al enfadarse con él. Ahora lo entiende. Más caricias. Se despierta. Le cuesta abrir los ojos, hay mucha luz. Su corazón le da un vuelco “¿dónde estoy?”. Por fin consigue ver siluetas, tres. Le observan y se abrazan.

– Hijo, soy mamá. Juan y tú pasasteis toda la noche en las mazmorras del castillo. Ahora estas en el hospital…
– ¿Y Juan? – La mirada de Carlos parece haber recobrado vida y escudriña las caras que le observan. A su izquierda su madre, tan bonita como siempre le sonríe de felicidad. Frente a él su padre, con una mirada llena de alegría. Y a su izquierda… la cara más dulce que ha visto nunca, su hermana. Juan, no, no está.

Alguien abre la puerta sin pedir permiso. Entra mirándose las manos que intentan aguantar dos cafés haciendo equilibrio. Levanta la cabeza y sus ojos se encuentran con los de Carlos. ¡Plas! El café cae sobre sus pies que vuelan al borde de la cama. Juan abraza fuertemente a su amigo, su compañero, su salvador.

No participación en el Taller de Escritura nº17. Móntame una escena: en un castillo.
Relato dedicado a Pilar Santos.

Julio 2014.

http://www.literautas.com

Un te quiero por decir

A lo lejos aparece Clara corriendo, como cada día a las ocho de la tarde. Se para en el banco de siempre situado en la zona más cercana a la puerta del parque para estirar. Primero ralentiza el paso de la carrera y luego procede a mover sus largos brazos haciendo giros. Su torso se contonea para estirar los músculos de su fina cintura. Apoya su pie izquierdo en el banco dejando la larga pierna bien estirada haciéndole esperar sus manos que van a la caza de la zapatilla. Luego repite el mismo movimiento con la otra pierna. Realiza los movimientos con una coreografía milimetrada y hartamente ensayada.

El viento sopla ligeramente en el parque, esto alivia el día tan caluroso. Pese a ser tan tarde el calor aún es asfixiante y la brisa se agradece. Aunque ésta haga remover todos los papeles que la gente no tira a la papelera por pereza. Como todos los días hace su pequeña colaboración a la comunidad y recoge unos cuantos papeles que están tirados en el suelo y los vierte a la papelera. Qué desastre. Bolsas de pipas, de patatas fritas, pañuelos, incluso algún periódico Recoge todo lo que está cerca de su banco.

Por curiosidad le echa un vistazo al periódico. Hoy ha tenido tanto lío en el trabajo que no ha tenido tiempo de mirar nada. Empieza a ojear los titulares cuando de repente se queda paralizada. Los ojos se le abren como platos y el corazón se le paraliza por un segundo. Siente mucho frio y las piernas empiezan a fallarle. Busca con la mano el reposabrazos del banco y se sienta sin soltar una de las hojas del periódico mientras las demás salen volando.

“No puede ser”. Ese es su primer y único pensamiento. “No puede ser, no puede ser, ¡no puede ser!” Toda su vida se le cruza por la mente. Aún tiene muchos te quiero y te echo de menos acumulados por decir. No puede ser que haya sucedido. Siente un impulso por salir corriendo pero las piernas aún no le responden. Dos lágrimas se deslizan por su aún más pálida cara después de conocer la amarga y triste noticia.

Clara coge el teléfono móvil y hace una sola llamada.

– ¿Papá?… Acabo de leer una noticia en el periódico que no te lo vas a creer. – se para a coger un poco de aire e intenta calmar el nerviosismo – Me he dado cuenta de que hace mucho que no te he dicho que te quiero, que eres y has sido un maestro para mí, que te echo mucho de menos y tus consejos han sido muy importantes para realizarme como persona. – con voz temblorosa continúa – Te quiero, te quiero, te quiero mucho. Ahora me he dado cuenta que siempre tenía que haber hecho las cosas como tú creías que se debían hacer. Tenía que haber estado a tu lado en todas las situaciones. Tú sabes diferenciar el bien del mal sin tener en cuenta amistades ni familia. Eres la mejor persona que he conocido y siento mucho no habértelo dicho antes. Te quiero mucho y te echo mucho de menos. – terminó la llamada con su último ruego – Dame consejos al oído o en mis sueños para que logre ser la mitad de buena persona que tú has sido. Deja que tu alma esté un poco en mi interior… Te quiero.

Clara no pudo dejar grabado todo el mensaje para su padre, el pitido del contestador ya había sonado y la llamada se había colgado antes del primer te quiero. Un nudo en la garganta no le dejaba respirar, lo deshizo soltando un grito y rompiendo a llorar. En ese momento los pájaros se enmudecieron, el viento se paralizó. La esquela de su padre estaba plasmada en aquél periódico fechado de hace tres días. Ya era tarde para los te quiero, para velar, para todo.

 

Participación Taller de Escritura nº16. Móntame una escena: el parque y el periódico.

Marzo 2014.

www.literautas.com

 

Mis pechos se agitan

ADVERTENCIA:

Este relato corto contiene escenas de sexo y de violencia, si eres menor de edad debes deterner tu lectura en este momento. En caso contrario, declino toda responsabilidad.

MIS PECHOS SE AGITAN.

Mis pechos se agitan. Me encanta la sensación de tenerlos al aire y notar la brisa rozar mis pezones. Cada vez más húmeda no puedo parar de frotarme. La cortina ondea mientras oigo el chabaleo reír a pocos metros. Tengo ganas de jadear, de gritar. Me muerdo el labio. Masturbarme al estilo voyeur es lo más. La posibilidad de ser descubierta me pone a mil.

El tanga acariciando mi ano mientras mi mano danza por mi clítoris. Los pellizcos en los pechos. El culo en pompa. Ya. ¡Ya!. Sólo me falta tu manubrio. Todo mojado. Mis músculos se relajan. Mi corazón palpita rápido. Siento la boca seca, necesito agua.

Me arreglo un poco el pelo. Un pantaloncito corto, una camiseta de tirantes y mis zapatillas de deporte. ¡Qué gustazo me he marcado! A la vista de todos y nadie se ha dado cuenta. Aún relamiéndome los labios abro la puerta de la habitación.

Unos pasos corren por el pasillo. ¡Mierda! ¿Me habrán pillado? Es excitante la idea, pero ¡por favor! que no sea ni papá ni mamá. Me paro un momento a reflexionar y recuerdo que ambos están trabajando, los lunes llegan tarde. ¿Entonces? ¡Javier! Pero ¿este no estaba en clase de música?

Bueno, quizás no se ha dado cuenta. Derechita a la cocina y disimulando. Abro el armario de los vasos y me sirvo uno grande de agua bien fría. Necesito bajar el calor que desprende mi cuerpo. Además, me ha entrado mucha hambre. Me dispongo a prepararme un bocadillo de jamón cuando Javier entra por la puerta.

          ¡Hola hermanita! – me sonríe muy amablemente.

          ¿Y a ti qué te pasa? ¿No deberías estar en clase de música? – cojo el cuchillo y abro el pan.

          Si. Pero estoy malo. – se toca la barriga mientras hace un gesto teatralizado.

Este se ha vuelto a escabullir. A ver cuándo le cuenta a mamá que no le gusta el solfeo. Yo sigo a lo mío. Terminado el bocadillo lo cojo con una mano mientras con la otra bebo más agua.

          ¿Te lo has pasado bien? – y me mira con una sonrisa casi diabólica.

          ¿Cómo? – Bocadillo y agua caen al suelo – ¿De qué me hablas Javier?

          Ya sabes. De tu danza. ¡Jajaja!

          Como les cuentes algo a papá y a mamá te mato.

          ¿Qué me vas a dar a cambio de guardarte el secreto?

          ¡Dos hostias! – mi cara se enrojece mientras aprieto los dientes – Si sueltas prenda…

          Uy, uy. Qué miedo. – su tono de sorna me cala.

¡ Plas ! Sin pensarlo le clavo una bofetada en la cara dejándole los dedos de la mano marcados en la mejilla.

          ¡Yo ya no soy un niño! – grita entre lágrimas.

          ¡Pues no te comportes como tal! – me doy media vuelta mientras apuntillo ya más relajada– Así que ya sabes. ¡Ni mú!

Javier, inseguro, coge el cuchillo y me lo enfila.

          ¡Trátame como a un adulto! ¡Me tienes harto! ¡Te voy a matar!

Me doy la vuelta. Horrorizada esquivo lo que podía haber sido la cadena perpetua de mi hermano. Mi corazón late con fuerza. Mis ojos buscan. Le lanzo el frutero contra la espalda. Se gira realizando un movimiento rápido y ágil. Sigue con el cuchillo amenazante. Vuelvo a buscar. El servilletero me sirve de espada. Dispongo mi cuerpo en posición de esgrima. Estoy lista para el combate. De un golpe me zafa mi arma. ¡Maldición! Cojo una silla y se la empotro en el pecho. Agita su brazo intentando alcanzarme con el cuchillo.

          ¡Eres una zorra! ¡Te gustaría follarte a todo el vecindario! – grita dirigiendo su cabeza a la ventana – ¡Mi hermana os quiere follar! ¡Es una puta!

Me enfurece muchísimo. Ya no lo soporto más. Le doy un puñetazo con toda mi rabia en su nariz. Cae al suelo. Se hace el silencio. Mis nudillos se inflan y siento un dolor insufrible. Un hilo de sangre mancha el suelo. Horror, ¡mi hermano! ¿Qué he hecho?

Participación Taller de Escritura nº14. Móntame una escena: secreto.

Febrero 2014.

www.literautas.com

Mi primer tesoro de 2014.

Apuré el paso al escuchar las doce campanadas. Tenía mucho trabajo acumulado. A mis compañeros no les gustaba ir a la plaza del pueblo tal día como hoy, fin de año. Había mucha gente y lo más probable es que te pisaran, ¡au! y eso dolía, mucho. Pero a mi me encantaba pasearme y mirar cómo iban vestidas las mujeres, ver como los hombres cuchicheaban entre ellos sobre lo guapa que venía tal o cual.

Esa noche me traía una recompensa para casa, oro puro. Pesaba como un demonio, pero debía apresurarme para que nadie me lo robara. Era un bien muy preciado y codiciado por mis competidores. Por desgracia era tan grande que no me lo podía esconder. Lo llevaba cargado a la espalda.

Debía cargarlo solo 500 metros, pero para mi eran como 5 kilómetros. Por el camino me encontré con François. Nada más verme se le pusieron los ojos como platos. ¡Maldición! Me iba a quitar mi perla. Aceleré mi paso, pero habría necesitado cien pies para poder dejarlo atrás. El barullo no me dejaba ir más rápido, mi corazón iba a mil. “Corre, corre… por tu madre reina, corre”. François se acercaba amenazante con una sonrisa triunfal, el tesoro iba a ser suyo.

Nadie alrededor se estaba percatando de mi gran problema, parecía invisible. Si pudiera sudar estaría empapado. Necesitaba un milagro, milagro que llegó con nombre inglés: Johnny. Llegó babeando, con su paso lento y marcado, moviendo las caderas como sólo él sabe hacerlo. Su tamaño y anchura de espalda fue lo que frenó a François que salió pitando subiéndose al primer naranjo que encontró.

Johnny se reía de forma patosa. Le encantaba asustar a François. Aunque hubieran echado una carrera y François solo pudiera correr con una pata, Johnny no le habría alcanzado nunca. Era la presencia de Johnny lo que le amedrentaba, y, sobretodo, los prejuicios de sus orígenes.

Andaba yo relajado, pensando que llegaría tranquilo a casa, que podría enseñar a todo el mundo lo que tenía, cuando… ¡Jhonny! Se dio cuenta de lo que llevaba. Las babas se multiplicaron, su lengua intentaba recogerlas sin mucho éxito. ¡Ay! ¡Otra vez! “Corre, corre… por tu madre reina, corre”. El pesado paso de John me daba un poco de ventaja, pero estaba claro que dado su tamaño cada paso que él daba equivalían a 50 de los míos. ¡Puf!

Ya sólo me quedaban 200 metros para llegar a casa. ¡Muy poco! Pero este maldito de John me iba a fastidiar mi primer triunfo de 2014. Notaba su aliento en mi pompis, empezaba a empaparme con sus babas, su nariz no dejaba de olisquearme como un chucho cualquiera. Madre mía, siempre me tenían que chafar todos mis triunfos. Y esta vez iba a ser el gracioso de John.

Si. Me lo quitó.

Por culpa de ese maldito gato siamés que había llamado la atención del perezoso bulldog inglés no pude llevar hasta el hormiguero el grano de uva amarilla. Empecé el año mal, muy mal.

Participación Taller de Escritura nº14. Móntame una escena: doce campanadas.

Enero 2014.

www.literautas.com