El lance más duro.

Julia duerme plácidamente, oye unos golpes fuertes y unas voces: “¡Entren! ¡Al fondo del pasillo a la izquierda!” A Julia le da un vuelco el corazón, se le acelera el pulso, da un salto de la cama y abre la puerta de su habitación. ¡Pam! Recibe un fuerte golpe en la nariz que la deja semiinconsciente en el suelo, no puede moverse. Su mente no deja de pensar en los niños y en la habitación del fondo. Oye abrir la puerta de un golpe y a sus hijos “¿Mamá?”

Dos tiros sordos silencian la voz de sus hijos.

“¡¡Nooooo!!” es lo único que logra decir Julia. Los asaltantes se dirigen de nuevo a la habitación de Julia, la levantan en peso del suelo, rasgan las cortinas e improvisan unas mordazas. Julia intenta zafarse de esos hombres gritando “¡Qué coño habéis hecho, hijos de puuutaaaa! ¡Sois unos cabrones! ¡Aaaahh! ¡¡Os voy a matar!!” Vuelve a recibir un fuerte golpe en la boca del estómago.

Las lágrimas de rabia salen a destajo por los ojos que empiezan a ponérsele rojos de la furia que tiene acumulada en su interior. Se da un giro y logra alcanzar la lámpara de la mesita de noche, la arranca del enchufe e intenta golpear a sus captores.

Ellos se ríen a carcajadas, sus cuerpos moldeados en el ejército no notan la más mínima molestia con los golpes que Julia les propina. Finalmente uno de ellos le ata los pies y le hace caer. Ya en el suelo le juntas las manos en la espalda y se las amarran. Julia no deja de gritar “¡Hijos de puta! ¡Vais a morir! ¡Me habéis matado a mis hijos! ¡Aaaaah!” Se entremezclan sus gritos con sus llantos.

Sus captores la llevan en volandas hasta el comedor donde el jefe les espera. Julia tiene las manos y los pies amordazados, el pelo revuelto y un trapo metido en la boca. Un hilo de sangre sale de su nariz morada por los golpes propinados. Le duele todo el cuerpo. Los ojos hinchados apenas le dejan ver a sus captores, solo distingue la mirada de sorpresa del jefe.

El corazón de Marco se paraliza, observa a su presa desde detrás de un espeso pasamontañas. “Julia” ese nombre le viene a su mente junto con imágenes de su niñez.

Recuerda a una dulce niña jugando a la rayuela mientras él jugaba a las canicas con sus amigos. Ella era dos años más pequeña que él, siempre la había querido, desde el primer día que la vio. Ella siempre había estado a su lado, siempre, todos los días. Incluso cuando él dejó a su familia para unirse a la banda ella le buscó por todos los barrios. Sin éxito. Le daba por muerto.

Hoy, después de diez años, se reencuentran. Marco la querían tanto… Cuando aceptó el encargo no sabía que la mujer de Menéndez era ella. Tenía la orden de matar a toda la familia, y sobre todo de hacer sufrir a su mujer, de violarla hasta la muerte. Había llegado la hora.

Los demás estan preparándose para la parte que más les gusta, han traído palos y porras para destrozarla por dentro, ni de coña iban a meter su polla en el mismo sitio que Menéndez. Marco les hace una seña para que se detengan. Se quedan sorprendidos, pero Marco les pone voz ronca y les grita: “¡Váyanse! ¡Fuera!”. Se van sin protestar.

Julia intenta zafarse de las mordazas aprovechando el despiste de sus captores. Por suerte no la han amarrado muy fuerte y lo logra. Agarra el trozo de mordaza y da un saltó a la espalda de su captor. Marco con un giro ágil se la saca de encima diciéndole “Julia, soy Marco”.

Se hace el silencio. La cara de rabia de Julia desaparece, sus ojos se abren y sus temblorosas manos agarran el pasamontañas y destapan la cara de su captor. Por un momento la felicidad se asoma en sus miradas. “Hermano”. Se abrazan llorando, deseando que ese momento se eternice.

“Hermana, lo siento.” Julia mira a los ojos de Marco y le dice “Sabes que te quiero y que te perdono todo. Te he echado tanto de menos…” Marco llora desconsolado, luchar contra su naturaleza no entraba en sus planes, suspira “Julia, si no soy yo, serán otros… te quiero mucho…” Con lágrimas en los ojos finaliza su trabajo dejando el cuerpo de su hermana inerte en el suelo. Es el lance más duro de su vida.

Lanzaderas: lance, felicidad. Propuestas por Pedro José Mora Fernández. ¡Qué difícil me lo has puesto!

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