El robo de las doce.

ADVERTENCIA:

Este relato corto contiene escenas de sexo y/o de violencia, si eres menor de edad debes detener tu lectura en este momento. En caso contrario, declino toda responsabilidad.

 

EL ROBO DE LAS DOCE.

Las ocho y media, hora de abrir el banco. Hoy preveo que va a ser un día como otro cualquiera, sólo a las doce voy a hacer un inciso mi mejor cliente viene a hablar conmigo. El señor Evans me pone nerviosa siempre, no sé como lo hace pero no hay día que no me suba los colores, espero ser más fuerte hoy.

La mañana transcurre con normalidad, lo típico de un martes, muchos recibos de luz, agua, electricidad y alguna cuota de un club por pagar. Ya pronto suenan las once, mis tripas me recuerdan que es la hora del tentempié de media mañana. Salgo deprisa a tomar un café al bar de Emilio y vuelvo volando engullendo un donut de chocolate, cuando estoy nerviosa necesito tomar cafeína y chocolate. Ya queda poco para mi cita de las doce.

Me encierro en mi despacho y reviso las cuentas de mi cliente. Depósitos, inversiones, préstamos, si supiera de qué quiere hablar podría prepararme mejor la reunión y plantearla de modo que no se me escapara. Su email fue muy escueto,

“Buenos días Cristina,

El próximo martes a las doce necesito reunirme contigo para cerrar un asunto muy importante.

Atentamente,

Tom Evans.”

Nerviosa miro el reloj, las doce menos diez. Aún me da tiempo de ir al baño a darme un retoque, la presencia para el señor Evans es muy importante. La verdad es que no sé porque sigue con nosotros, le ofrecemos unas condiciones menos favorables en comparación con otros bancos. Quizás hoy venga a decirme que se lleva todo a la competencia. Salgo de mi despacho abrochándome un botón de la camisa cuando me choco con alguien. Maldita sea, la gente podría tener un poco de cuidado.

– Disculpe – oigo su cálida voz y un cosquilleo me sube de la barriga hasta la garganta erizándome los pezones. Me pongo roja mientras una sonrisa tonta asoma por mis labios. Le miro con ojitos – no quería asustarla. ¡Vaya! No llevamos ni treinta segundos y ya se ha puesto roja, señora Pérez.

– Señorita… señor Evans, soy… señorita – intento recomponerme y termino por fin de abrocharme la camisa indicándole el camino a mi despacho – si no les es molestia pase y siéntese, enseguida estoy con usted.

Juan me mira desde la caja y me sirve una sonrisa junto con un guiño. Puedo leer en sus labios “¡A por él!”. Este Juan siempre tan cachondo. Me apresuro para llegar al cuarto de baño, ya para nada, aprovecho para lavarme las manos y refrescarme un poco, lo necesito. Salgo perfumada, quizás demasiado, y con los nervios casi templados. Desde el cristal puedo ver la corpulenta espalda del señor Evans, intuyo bajo su camiseta unos fuertes hombros que se unen a su masculino cuello. Mi imaginación está empezando a trabajar cuando Juan me silba. ¡Ah!¡Ya! ¡Ya voy! Entro ligera y con las piernas casi temblando, me siento deprisa para que no se dé cuenta de mi estado de nerviosismo.

– Buenos días señor Evans, cuénteme, que desea.

Para mi sorpresa, se levanta. Me mira fijamente mientras da pasos a la cristalera, mira al resto de la oficina y cierra la cortina veneciana. Ya nadie nos puede ver. Esta actitud hace saltar mis alarmas y decido dar al botón que comunica con Juan, él podrá oír todo lo que pase y en caso de que haya algo extraño no va a dudar en entrar para ayudarme.

– Señorita Pérez, ¿podríamos revisar todas las cuentas… depósitos… inversiones? – su voz suena muy sensual, gutural, le sale de muy adentro. Se acerca a la parte trasera de mi silla – si no le importa, yo lo observaré todo desde aquí, así puedo oler mejor su perfume. – ¡Madre mía! ¡Nunca lo había tenido tan cerca! Mi corazón empieza a latir más y más fuerte, puedo oler su piel y eso me excita mucho, mis pezones se ponen otra vez alerta mientras sus manos acarician mis brazos desnudos. – Tranquila, todo va a salir bien, hoy es el día. ¿Sabes? Voy a cometer un robo que nadie más podrá ejecutar, tu virginidad – ¡Oohh! Cuánto lo deseo, estoy completamente húmeda y esperando a ver qué hace.

Mi mente se queda en blanco y mis labios se entreabren mientras él me besa el cuello y desliza sus manos por la abertura de mi camisa. Coge mis pechos y los frota. De un golpe gira la silla y se arrodilla frente a mí dejando sus labios a la altura de mis ingles, me pellizca el interior de los muslos mientras aprovecha el despiste de mi camisa para pasarme la lengua por el interior de mi pecho derecho. La agilidad de sus dedos sorprende a mis braguitas apartándolas a un lado, ya casi esta dentro de mi falda cuando con su nariz recorre ya el ombligo. Su aliento calienta mi clítoris y su lengua juguetea con mis húmedos labios, deseo como nunca que me penetre.

Mis manos juegan por su espalda intentando alcanzar su cinturón mientras mis piernas sujetan su cabeza para que no deje de lamer e introducir sus dedos. Mis jadeos ahogados me excitan y él me mira sonriendo con toda la boca empapada. Por primera vez puedo ver el bulto en sus pantalones, mis manos patosas intentan desabrochar el cinturón y los botones del pantalón. “Me encantas” me dice mientras le toco su caliente miembro. Primero con las manos y luego con la lengua. Me lo introduzco en la boca, igual que había visto en las películas que tanto me excitan. Ahora es él el que jadea.

Me levanta y sienta sobre la mesa. Una pierna sobre la silla y la otra en su brazo, ha llegado el momento, mi clítoris late fuerte, su miembro esta erguido y duro. Me penetra. El ritmo de sus caderas marca el compás de mi placer, primero despacio mientras me humedezco aún más, deseo estar desnuda, pasa a un ritmo fuerte que me hace vibrar y notar un cosquilleo por las piernas. Un sonido sordo sale de mi garganta, me abraza fuerte mientras él también enmudece un gemido de placer.

Un segundo después me acuerdo de Juan. Se ha enterado de todo.

 

Lanzadera: Robo en un banco. Dedicado a Trini, seguro que esto no te ha pasado, ¡ni pasará!

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