Reencuentro

“Por fin, el último vuelo.” Sara estaba ya agotada del trabajo de todo el día. Deseaba llegar a su apartamento de Pedralbes para descansar, al día siguiente tenía una comida con sus amigas a las que no veía desde hacía veinte años. Iba a ser un reencuentro muy bonito y con muchas emociones.

Los pasajeros iban entrando, algunos amablemente y otros apresurados con más ganas que ella de llegar a destino. Los que más le gustaban a Sara eran las mamas con sus bebés. Ella no podía tener hijos y ese era un sueño que sabía nunca iba a poder cumplir. La sonrisa era su carta de presentación, no importaba quién estuviera delante de ella, siempre tenía una sonrisa en los labios preparada para alegrar el día hasta al más pesimista.

El pasaje ya estaba todo colocado cuando Cristina llegó corriendo, como siempre. “Sara, falta un pasajero. Tiene maleta facturada, así que habrá que esperar. Si no viene tendremos que sacarla de la bodega. ¿Te parece esperar cinco minutos?”. Sara miró el reloj y le asintió “Sin problema Cristina, esperaremos. ¿Cómo se llama el pasajero? Lo llamaré por el altavoz, no sea que se haya colado. Ya sabes, a veces…” “Si, Sara. Ya sé qué pasa a veces. Somos humanos. A ver, el pasajero se llama Marco de la Ria Bautista.” Sara palideció, su boca se entreabrió, el corazón le latió con mucha energía mientras sus manos nerviosas se frotaban contra su falda. Sus ojos empezaron a escudriñar el pasaje que terminaba de colocarse en sus asientos.

“¿Sara? ¿Qué te pasa?” “Nada, nada. Es que se llama como una amigo mío de la infancia. Hace mucho que no sé de él. Pero vamos, será una casualidad” “Madre mía, Sara, si es que aún no ha nacido persona que no conozcas” Ambas se despidieron con una sonrisa. La de Sara era una sonrisa nerviosa. Respiró hondo para coger energía y poder decir el nombre de esa persona con la que tantas veces había soñado desde pequeña.

Cogió el telefonillo dispuesta a realizar el aviso cuando empezó a oír unos pasos presurosos por la pasarela de acceso al avión. Sara miraba a la puerta. Esperaba. Sentía las manos frías y creía que el corazón se le iba a salir por la boca. Fueron los diez segundos más largos de su vida. Apareció, era él.

Sara sintió ganas de correr y saltar a sus brazos, de darle un abrazo como los que se daban. De darle un beso como nunca se había atrevido a dar. Pero Sara sabía que eso no era posible. No sabía cómo iba a reaccionar él, era solo una amistad de la infancia, y además su posición como jefa de cabina no le permitía hacer este tipo de exteriorización de sentimientos. Optó por usar su mejor arma y recibió a Marco con un efusivo “Buenas noches señor de la Ria, estamos encantados de recibirle a bordo”.

Marco ni se percató de la mujer que estaba en la puerta, entró como un remolino. En su plan era clave llegar tarde, no podía permitirse el lujo de que le hicieran muchas revisiones ni en maleta de mano ni cacheos físicos. Había pagado mucho dinero por volar en primera clase para estar cerca del piloto y poder llevar a cabo su objetivo. Le mostró su tarjeta de embarque a la azafata que le sonreía y fue a su asiento con un escueto “Buenas noches, disculpe el retraso”.

El corazón de Sara latía con una sonrisa enorme mientras instruía a los pasajeros sobre las salidas de emergencia y el protocolo de actuación. Deseaba que el avión despegara lo antes posible para poder acercarse a Marco y decirle quien era. El avión despegó y Marco empezó a rezar, a rezar a Alá. Sara no se lo podía creer, ese no podía ser su Marco. El piloto aún no había terminado de realizar el ascenso cuando Marco se levantó, sacó de su bolsillo un teléfono móvil y gritó “¡¡Sois unos infieles!! ¡¡Voy a morir por Alá!!”. Pulsó la tecla de llamada. Las miradas de Sara y Marco se cruzaron por primera vez. Ella mostraba tristeza, él arrepentimiento. El avión explotó. Sus almas se abrazaron como antes, él le pidió perdón y ella le sonrió.

 

Lanzaderas: reencuentro, amistad. Propuestas por Toni Plaza. ¡Gracias!