“Lo que encontré bajo el sofá” de Eloy Moreno

English version of the book here. Thanks Cinta Garcia de la Rosa!

Un tweed. Una noche aburrida. Ansia de lectura. El resultado es comprar un ebook de un tal Eloy Moreno. Ya había oído hablar de él en la radio. Informático de profesión, escritor de vocación. Escribió su primer libro El bolígrafo de gel verde y lo vendió como churros. Literalmente. Se desplazó librería por librería para vender su libro y el boca a boca hizo el resto. Y la verdad, habiendo oído esta historia pues me picaba la curiosidad. Cuando alguien habla bien de un libro y de un autor novel, pues es porque es bueno, o porque le da vergüenza decir que se ha gastado el dinero en un libro que es una birria. Con esta sorpresa me he encontrado yo al leer su novela.
En una conversación directa con el autor, maravillas del twiter, le pregunté qué libro me recomendaba, si el primero o el segundo que había oído que estaba a la venta. Me recomendó el segundo y allí que fui. Itunes, libros, búsqueda “Eloy Moreno”, un segundo después… Lo que encontré bajo el sofá. Comprar, contraseña, aceptar. Cinco segundos después ya tenía en mis manos al cuerpo que quería descuartizar… literariamente.
Eso fue el 4 de julio de 2014. Desde entonces no he podido leer nada. Y no por que el libro que tuviera absorta ni porque fuera muy largo (me leí la segunda parte de Pilares de la Tierra en cinco noches) sino porque se me atragantó.
El argumento es aburrido o demasiado de andar por casa (casi tanto como mi blog) aunque a la vez muy actual. Una profesora destinada a una ciudad lejos de su marido se enamora de otra persona que tiene una historia muy relacionada con la historia de la misma ciudad, Toledo. Dado que la trama da como para un relato corto, el autor la complementa con historias paralelas muy cotidianas a la vez que interesantes: acoso escolar, corrupción política, infidelidades, amores imposibles.
La trama está muy bien buscada, Eloy tiene una capacidad muy buena de entrelazar las escenas. Este aspecto me ha gustado mucho. Pese a que hay un momento en que perdí un poco el hilo de la historia, el modo en que ha estructurado el argumento es muy interesante y atrayente.
La estructura a veces deja que desear. Capítulos muy cortos y párrafos con frases muy cortas hacen que la lectura se haga pesada. De hecho, esto fue lo que me obligó a dejar abandonado el libro durante unos meses. Yo si fuera Eloy, me releería el libro y reestructuraría los capítulos.
En cuanto al suspense sólo se mantiene con la chica que sufre acoso escolar y en la curiosidad de saber quién es realmente ese personaje que aparece a lo largo de toda la novela con simples pinceladas. El final del libro desvela todas las curiosidades que destapan una muy buena historia que podía haber sido contada de un modo más interesante bajo mi punto de vista.
Es un libro que refleja situaciones muy reales, se asemeja a leer las entrelineas de los artículos de un periódico. Lo siento Eloy, no lo recomiendo.

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El amor escondido

– Risas. ¡Juan! ¡Despierta! ¡Se oyen risas! – Carlos zarandea a su amigo para despertarlo. Han pasado toda la noche encerrados en las mazmorras del castillo. El frío ha calado en sus huesos y le duelen los nudillos y las rodillas. – ¿Juan?… ¿Qué te pasa?… Despierta, ¡despierta! Venga venga. Se acabó el juego, no me está gustando esta broma. – Zarandea aún más fuerte pero Juan no reacciona.

La mirada de Carlos se queda congelada. Acerca su oreja al pecho de su amigo, no nota nada. Se quita un zapato para presentarlo a la nariz de Juan. Nada. Por primera vez toca la helada cara de su amigo. Nervioso indaga en el cuello de su amigo en busca de una pizca de vida. Pulso, tiene pulso. El corazón de Carlos se relaja por dos segundos y al tercero se acelera. Tiene que llamar la atención de esas risas.

– ¡Eeeeh! ¡Hooooolaaaaaa! ¡¿Hay alguien ahí?! ¡Estamos atrapados! ¡Ayuda! – se calla y espera. Espera. Espera diez segundos que le parecen diez minutos – ¡Oigaaaaaaa! ¡Socooorrooo! ¡Ayuuudaaaaa! ¡En las mazmorras! ¡Por favor! ¡Baje! – Carlos se gira para observar a su amigo, yace en el suelo.

Carlos busca con la mirada algo contundente. Agarra los grilletes que antaño se usaron para encadenar a los presos de la Inquisición y empieza a golpear los fríos barrotes. ¡Clan,clan , clan! Las piernas le tiemblan de miedo, sus débiles y nerviosas manos a penas pueden sujetar los pesados hierros. Fríos, están muy fríos, más que Juan.

El silencio es la única respuesta. Ya no hay risas. Apoya la espalda en los barrotes y se deja caer al suelo para terminar con la cara entre sus rodillas. Llora, llora como un niño pequeño desconsolado. No puede hacer nada. Se siente impotente. El culo se le hiela en un momento. ¡Ah! Levanta la cabeza y muestra sorpresa en su cara. Tiene que quitar a su amigo del suelo. Tiene que hacerle entrar en calor.

De nuevo su mirada busca. Al fondo de las mazmorras está la mesa del bastidor, es de madera. Saca fuerzas de la amistad que les une y arrastrando a su amigo cogido por los brazos lo acerca a la malvada máquina de tortura. Aparejo que ha hecho sufrir y alcanzar la muerte a decenas de personas, ahora iba a ser usada para todo lo contrario.

Por primera vez Carlos agradece la extrema delgadez de su amigo y logra subirlo a la mesa. Le quita los zapatos, el pantalón, la camiseta. Observa el cuerpo desnudo y blanquecino. Se da cuenta del amor que siente por él, no quiero perderlo por nada del mundo. Se quita los zapatos, los pantalones y la camiseta. El frío le hace temblar. Se recuesta sobre su amigo, ladeado para no aplastarlo. Lo abraza como lo hace con su almohada todas las noches.

Habría pagado por poder estar abrazado semidesnudo a su amigo, a su mejor amigo. Cierra los ojos y sonríe. Su mente se ha trasladado a una playa paradisíaca, se imagina junto a su amigo charlando sobre la película que vieron la noche anterior, planificando dónde van a ir a comer y por dónde se van a pasear por la tarde. En su sueño puede oír la risa de su compañero, puede ver la cara de felicidad que ambos tienen. Es un sueño precioso del que no quiere despertar.

Ya no siente frio. Unas manos le acarician la cara, se siente muy bien. Flota. Ahora entiende todas las mariposas en la barriga al verlo, el cansancio de su corazón al enfadarse con él. Ahora lo entiende. Más caricias. Se despierta. Le cuesta abrir los ojos, hay mucha luz. Su corazón le da un vuelco “¿dónde estoy?”. Por fin consigue ver siluetas, tres. Le observan y se abrazan.

– Hijo, soy mamá. Juan y tú pasasteis toda la noche en las mazmorras del castillo. Ahora estas en el hospital…
– ¿Y Juan? – La mirada de Carlos parece haber recobrado vida y escudriña las caras que le observan. A su izquierda su madre, tan bonita como siempre le sonríe de felicidad. Frente a él su padre, con una mirada llena de alegría. Y a su izquierda… la cara más dulce que ha visto nunca, su hermana. Juan, no, no está.

Alguien abre la puerta sin pedir permiso. Entra mirándose las manos que intentan aguantar dos cafés haciendo equilibrio. Levanta la cabeza y sus ojos se encuentran con los de Carlos. ¡Plas! El café cae sobre sus pies que vuelan al borde de la cama. Juan abraza fuertemente a su amigo, su compañero, su salvador.

No participación en el Taller de Escritura nº17. Móntame una escena: en un castillo.
Relato dedicado a Pilar Santos.

Julio 2014.

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“La Biblia de Barro” de Julia Navarro

English version of the book here. Thanks Cinta Garcia de la Rosa!

Julia Navarro es una conocidísima escritora, así que decidí leerme un libro de los suyos para saciar mi sed de lectura. Bueno, y para tomar apuntes y aprender.

El argumento es bueno. Clara Tannenberg empujada por su abuelo inicia la búsqueda de un tesoro: los escritos de la creación del mundo según Abraham. Pero en esta búsqueda no sólo está la familia Tannenberg, también están los socios del abuelo que no quieren perder tajada de lo que supondría encontrar esta reliquia y fantasmas del pasado que por fin localizan a Tannenberg y quieren saciar su sed de venganza.

La trama y la estructura de la historia está muy bien realizada pese que en algún momento me he llegado a perder. Aparecen muchísimos personajes, más de diez, así que hasta pasado medio libro (y son 766 páginas) no me he ubicado. Muchos nombres, muchas ubicaciones. Introduce unos capítulos en los que nos relata cómo se gestó la elaboración del tesoro, y esta parte es muy interesante.

En cuanto al suspense… aquí es donde flojea, bajo mi punto de vista. En realidad al libro le sobran la mitad de las páginas, la autora se recrea mucho en el abuelo Tannenberg dándolo por muerto desde casi el inicio pero sin transmitir nada. Todas esas páginas gastadas en descripciones que ni transmiten ni emocionan sobre la familia Tannenberg habrían sido mejor empleadas en desarrollar la vida de esos fantasmas que buscan venganza. El final es muy previsible y decepcionante.

Es un libro para pasar el rato, pero no esperes que te deje huella o te haga emocionar.

 

Fresas o canela

No sé si coger las fresas y la nata. Quizás sea ir muy a saco y deba optar por algún dulce con canela, a ver si consigo excitarla y logro pillar. Llevo más de un año sin acostarme con una mujer así que esta noche tiene que salir todo a la perfección. Pienso en la rabia que le dará a Carla cuando sepa que he quedado con Martina, no puedo evitar asomar una sonrisa. Alzo la mirada y veo al dependiente de la tienda como me observa y la cara de “este tío está atontao” que me pone.

Vuelvo a mis pensamientos. Bueno, a ver, fresas o canela, fresas o canela… aish, bueno, ¡pues las dos cosas! Y según vea saco una cosa o la otra, o la otra de más abajo, jijiji. Se me vuelve a salir una sonrisilla tonta. Si es que el dependiente tiene toda la razón. Me acerco a la caja para pagar buscando en mi bolsillo trasero la cartera cuando ¡bam! Toooda una montaña de latitas de frutas en almíbar cae al suelo gracias a mí.

– Lo siento, lo siento. Ahora mismo se lo recojo. – consigo calmar al muchacho que ya venía enfurecido a echarme la bronca.

Ala, todo por el suelo. Latas, fresas, cartera. Me agacho para recoger todo el desastre cuando oigo el tintineo de la puerta abrirse con mucha prisa.

– ¡Contra la pared! ¡Vamos vamos!

Me agacho aún más intentando esconderme. El corazón está a punto de salirme por la boca. Nervioso me arrimo a las estanterías. Intento mirar entre ellas para ver cuántos son. Sólo uno. Palpo mi chaqueta y localizo mi placa y mi pistola. ¡Hostias! ¿Pero qué coño de pistola es esta? Mierda, mi sobrino Luis me ha dado el cambiazo. ¡Joder! No le tenía que haber regalado esa réplica tan buena para Reyes Magos.

Bueno, reflexiono. Con un poco de suerte este ladrón es novato. Pero los novatos son los peores, sueltan tiros y navajazos a la primera de cambio. Vuelvo a mirar entre los bricks de zumo y veo la navaja que el ladrón tiene en la mano. Me la juego.

– ¡Alto! ¡Policia! ¡Suelte la navaja y entréguese!

Ágilmente el ladrón se gira poniendo entre él y yo al dependiente apuntándole con la navaja en el cuello. Sus ojos me miran fijamente mientras sus pupilas se dilatan. Me ha reconocido. Es alguien que conozco.

– ¡Sé quién eres! – le miento – ¡Suelta la navaja y entrégate! ¡No hagas nada de lo que puedas arrepentirte!

No se lo ha tragado. No dice nada para que no le reconozca por la voz. Veo como susurra al dependiente. Se acercan dando pasitos a la puertas mientras sigo apuntando con mi pistola, de juguete. ¡jo-der! El ladrón abre la puerta, sale fuera y deja al muchacho en la puerta taponando mi única salida para atraparle. No puedo disparar. ¡Mierda¡ ¡Mierda! ¡Aaaah!

Me acerco corriendo al dependiente y miro su estado. No tiene ningún rasguño. Intento localizar con la mirada alguna pista de la dirección que ha tomado el ladrón. Nada. Imposible. Hay mucha gente y muchos callejones por los que se puede haber escapado. Ayudo al dependiente a levantarse.

– Era una mujer.
– ¿Cómo?
– Si, le he notado las tetas. Y le he arrancado esto en el momento de la huida. – asustado me entrega una pulsera – ¿Vendrá otra vez?

Miro la pulsera, es de piedras azules con una plaquita “Martina”. Enseguida lo entiendo. Esta noche iba a tener una cita inolvidable, pero no donde yo creía. Las fresas y la canela ya no eran necesarias.

 

Lanzaderas: perfección, Reyes. Propuestas por Gemma Garrido Macías. ¡jajaja! Seguro que esto no es lo que esperabas.

El lance más duro.

Julia duerme plácidamente, oye unos golpes fuertes y unas voces: “¡Entren! ¡Al fondo del pasillo a la izquierda!” A Julia le da un vuelco el corazón, se le acelera el pulso, da un salto de la cama y abre la puerta de su habitación. ¡Pam! Recibe un fuerte golpe en la nariz que la deja semiinconsciente en el suelo, no puede moverse. Su mente no deja de pensar en los niños y en la habitación del fondo. Oye abrir la puerta de un golpe y a sus hijos “¿Mamá?”

Dos tiros sordos silencian la voz de sus hijos.

“¡¡Nooooo!!” es lo único que logra decir Julia. Los asaltantes se dirigen de nuevo a la habitación de Julia, la levantan en peso del suelo, rasgan las cortinas e improvisan unas mordazas. Julia intenta zafarse de esos hombres gritando “¡Qué coño habéis hecho, hijos de puuutaaaa! ¡Sois unos cabrones! ¡Aaaahh! ¡¡Os voy a matar!!” Vuelve a recibir un fuerte golpe en la boca del estómago.

Las lágrimas de rabia salen a destajo por los ojos que empiezan a ponérsele rojos de la furia que tiene acumulada en su interior. Se da un giro y logra alcanzar la lámpara de la mesita de noche, la arranca del enchufe e intenta golpear a sus captores.

Ellos se ríen a carcajadas, sus cuerpos moldeados en el ejército no notan la más mínima molestia con los golpes que Julia les propina. Finalmente uno de ellos le ata los pies y le hace caer. Ya en el suelo le juntas las manos en la espalda y se las amarran. Julia no deja de gritar “¡Hijos de puta! ¡Vais a morir! ¡Me habéis matado a mis hijos! ¡Aaaaah!” Se entremezclan sus gritos con sus llantos.

Sus captores la llevan en volandas hasta el comedor donde el jefe les espera. Julia tiene las manos y los pies amordazados, el pelo revuelto y un trapo metido en la boca. Un hilo de sangre sale de su nariz morada por los golpes propinados. Le duele todo el cuerpo. Los ojos hinchados apenas le dejan ver a sus captores, solo distingue la mirada de sorpresa del jefe.

El corazón de Marco se paraliza, observa a su presa desde detrás de un espeso pasamontañas. “Julia” ese nombre le viene a su mente junto con imágenes de su niñez.

Recuerda a una dulce niña jugando a la rayuela mientras él jugaba a las canicas con sus amigos. Ella era dos años más pequeña que él, siempre la había querido, desde el primer día que la vio. Ella siempre había estado a su lado, siempre, todos los días. Incluso cuando él dejó a su familia para unirse a la banda ella le buscó por todos los barrios. Sin éxito. Le daba por muerto.

Hoy, después de diez años, se reencuentran. Marco la querían tanto… Cuando aceptó el encargo no sabía que la mujer de Menéndez era ella. Tenía la orden de matar a toda la familia, y sobre todo de hacer sufrir a su mujer, de violarla hasta la muerte. Había llegado la hora.

Los demás estan preparándose para la parte que más les gusta, han traído palos y porras para destrozarla por dentro, ni de coña iban a meter su polla en el mismo sitio que Menéndez. Marco les hace una seña para que se detengan. Se quedan sorprendidos, pero Marco les pone voz ronca y les grita: “¡Váyanse! ¡Fuera!”. Se van sin protestar.

Julia intenta zafarse de las mordazas aprovechando el despiste de sus captores. Por suerte no la han amarrado muy fuerte y lo logra. Agarra el trozo de mordaza y da un saltó a la espalda de su captor. Marco con un giro ágil se la saca de encima diciéndole “Julia, soy Marco”.

Se hace el silencio. La cara de rabia de Julia desaparece, sus ojos se abren y sus temblorosas manos agarran el pasamontañas y destapan la cara de su captor. Por un momento la felicidad se asoma en sus miradas. “Hermano”. Se abrazan llorando, deseando que ese momento se eternice.

“Hermana, lo siento.” Julia mira a los ojos de Marco y le dice “Sabes que te quiero y que te perdono todo. Te he echado tanto de menos…” Marco llora desconsolado, luchar contra su naturaleza no entraba en sus planes, suspira “Julia, si no soy yo, serán otros… te quiero mucho…” Con lágrimas en los ojos finaliza su trabajo dejando el cuerpo de su hermana inerte en el suelo. Es el lance más duro de su vida.

Lanzaderas: lance, felicidad. Propuestas por Pedro José Mora Fernández. ¡Qué difícil me lo has puesto!

El robo de las doce.

ADVERTENCIA:

Este relato corto contiene escenas de sexo y/o de violencia, si eres menor de edad debes detener tu lectura en este momento. En caso contrario, declino toda responsabilidad.

 

EL ROBO DE LAS DOCE.

Las ocho y media, hora de abrir el banco. Hoy preveo que va a ser un día como otro cualquiera, sólo a las doce voy a hacer un inciso mi mejor cliente viene a hablar conmigo. El señor Evans me pone nerviosa siempre, no sé como lo hace pero no hay día que no me suba los colores, espero ser más fuerte hoy.

La mañana transcurre con normalidad, lo típico de un martes, muchos recibos de luz, agua, electricidad y alguna cuota de un club por pagar. Ya pronto suenan las once, mis tripas me recuerdan que es la hora del tentempié de media mañana. Salgo deprisa a tomar un café al bar de Emilio y vuelvo volando engullendo un donut de chocolate, cuando estoy nerviosa necesito tomar cafeína y chocolate. Ya queda poco para mi cita de las doce.

Me encierro en mi despacho y reviso las cuentas de mi cliente. Depósitos, inversiones, préstamos, si supiera de qué quiere hablar podría prepararme mejor la reunión y plantearla de modo que no se me escapara. Su email fue muy escueto,

“Buenos días Cristina,

El próximo martes a las doce necesito reunirme contigo para cerrar un asunto muy importante.

Atentamente,

Tom Evans.”

Nerviosa miro el reloj, las doce menos diez. Aún me da tiempo de ir al baño a darme un retoque, la presencia para el señor Evans es muy importante. La verdad es que no sé porque sigue con nosotros, le ofrecemos unas condiciones menos favorables en comparación con otros bancos. Quizás hoy venga a decirme que se lleva todo a la competencia. Salgo de mi despacho abrochándome un botón de la camisa cuando me choco con alguien. Maldita sea, la gente podría tener un poco de cuidado.

– Disculpe – oigo su cálida voz y un cosquilleo me sube de la barriga hasta la garganta erizándome los pezones. Me pongo roja mientras una sonrisa tonta asoma por mis labios. Le miro con ojitos – no quería asustarla. ¡Vaya! No llevamos ni treinta segundos y ya se ha puesto roja, señora Pérez.

– Señorita… señor Evans, soy… señorita – intento recomponerme y termino por fin de abrocharme la camisa indicándole el camino a mi despacho – si no les es molestia pase y siéntese, enseguida estoy con usted.

Juan me mira desde la caja y me sirve una sonrisa junto con un guiño. Puedo leer en sus labios “¡A por él!”. Este Juan siempre tan cachondo. Me apresuro para llegar al cuarto de baño, ya para nada, aprovecho para lavarme las manos y refrescarme un poco, lo necesito. Salgo perfumada, quizás demasiado, y con los nervios casi templados. Desde el cristal puedo ver la corpulenta espalda del señor Evans, intuyo bajo su camiseta unos fuertes hombros que se unen a su masculino cuello. Mi imaginación está empezando a trabajar cuando Juan me silba. ¡Ah!¡Ya! ¡Ya voy! Entro ligera y con las piernas casi temblando, me siento deprisa para que no se dé cuenta de mi estado de nerviosismo.

– Buenos días señor Evans, cuénteme, que desea.

Para mi sorpresa, se levanta. Me mira fijamente mientras da pasos a la cristalera, mira al resto de la oficina y cierra la cortina veneciana. Ya nadie nos puede ver. Esta actitud hace saltar mis alarmas y decido dar al botón que comunica con Juan, él podrá oír todo lo que pase y en caso de que haya algo extraño no va a dudar en entrar para ayudarme.

– Señorita Pérez, ¿podríamos revisar todas las cuentas… depósitos… inversiones? – su voz suena muy sensual, gutural, le sale de muy adentro. Se acerca a la parte trasera de mi silla – si no le importa, yo lo observaré todo desde aquí, así puedo oler mejor su perfume. – ¡Madre mía! ¡Nunca lo había tenido tan cerca! Mi corazón empieza a latir más y más fuerte, puedo oler su piel y eso me excita mucho, mis pezones se ponen otra vez alerta mientras sus manos acarician mis brazos desnudos. – Tranquila, todo va a salir bien, hoy es el día. ¿Sabes? Voy a cometer un robo que nadie más podrá ejecutar, tu virginidad – ¡Oohh! Cuánto lo deseo, estoy completamente húmeda y esperando a ver qué hace.

Mi mente se queda en blanco y mis labios se entreabren mientras él me besa el cuello y desliza sus manos por la abertura de mi camisa. Coge mis pechos y los frota. De un golpe gira la silla y se arrodilla frente a mí dejando sus labios a la altura de mis ingles, me pellizca el interior de los muslos mientras aprovecha el despiste de mi camisa para pasarme la lengua por el interior de mi pecho derecho. La agilidad de sus dedos sorprende a mis braguitas apartándolas a un lado, ya casi esta dentro de mi falda cuando con su nariz recorre ya el ombligo. Su aliento calienta mi clítoris y su lengua juguetea con mis húmedos labios, deseo como nunca que me penetre.

Mis manos juegan por su espalda intentando alcanzar su cinturón mientras mis piernas sujetan su cabeza para que no deje de lamer e introducir sus dedos. Mis jadeos ahogados me excitan y él me mira sonriendo con toda la boca empapada. Por primera vez puedo ver el bulto en sus pantalones, mis manos patosas intentan desabrochar el cinturón y los botones del pantalón. “Me encantas” me dice mientras le toco su caliente miembro. Primero con las manos y luego con la lengua. Me lo introduzco en la boca, igual que había visto en las películas que tanto me excitan. Ahora es él el que jadea.

Me levanta y sienta sobre la mesa. Una pierna sobre la silla y la otra en su brazo, ha llegado el momento, mi clítoris late fuerte, su miembro esta erguido y duro. Me penetra. El ritmo de sus caderas marca el compás de mi placer, primero despacio mientras me humedezco aún más, deseo estar desnuda, pasa a un ritmo fuerte que me hace vibrar y notar un cosquilleo por las piernas. Un sonido sordo sale de mi garganta, me abraza fuerte mientras él también enmudece un gemido de placer.

Un segundo después me acuerdo de Juan. Se ha enterado de todo.

 

Lanzadera: Robo en un banco. Dedicado a Trini, seguro que esto no te ha pasado, ¡ni pasará!

Reencuentro

“Por fin, el último vuelo.” Sara estaba ya agotada del trabajo de todo el día. Deseaba llegar a su apartamento de Pedralbes para descansar, al día siguiente tenía una comida con sus amigas a las que no veía desde hacía veinte años. Iba a ser un reencuentro muy bonito y con muchas emociones.

Los pasajeros iban entrando, algunos amablemente y otros apresurados con más ganas que ella de llegar a destino. Los que más le gustaban a Sara eran las mamas con sus bebés. Ella no podía tener hijos y ese era un sueño que sabía nunca iba a poder cumplir. La sonrisa era su carta de presentación, no importaba quién estuviera delante de ella, siempre tenía una sonrisa en los labios preparada para alegrar el día hasta al más pesimista.

El pasaje ya estaba todo colocado cuando Cristina llegó corriendo, como siempre. “Sara, falta un pasajero. Tiene maleta facturada, así que habrá que esperar. Si no viene tendremos que sacarla de la bodega. ¿Te parece esperar cinco minutos?”. Sara miró el reloj y le asintió “Sin problema Cristina, esperaremos. ¿Cómo se llama el pasajero? Lo llamaré por el altavoz, no sea que se haya colado. Ya sabes, a veces…” “Si, Sara. Ya sé qué pasa a veces. Somos humanos. A ver, el pasajero se llama Marco de la Ria Bautista.” Sara palideció, su boca se entreabrió, el corazón le latió con mucha energía mientras sus manos nerviosas se frotaban contra su falda. Sus ojos empezaron a escudriñar el pasaje que terminaba de colocarse en sus asientos.

“¿Sara? ¿Qué te pasa?” “Nada, nada. Es que se llama como una amigo mío de la infancia. Hace mucho que no sé de él. Pero vamos, será una casualidad” “Madre mía, Sara, si es que aún no ha nacido persona que no conozcas” Ambas se despidieron con una sonrisa. La de Sara era una sonrisa nerviosa. Respiró hondo para coger energía y poder decir el nombre de esa persona con la que tantas veces había soñado desde pequeña.

Cogió el telefonillo dispuesta a realizar el aviso cuando empezó a oír unos pasos presurosos por la pasarela de acceso al avión. Sara miraba a la puerta. Esperaba. Sentía las manos frías y creía que el corazón se le iba a salir por la boca. Fueron los diez segundos más largos de su vida. Apareció, era él.

Sara sintió ganas de correr y saltar a sus brazos, de darle un abrazo como los que se daban. De darle un beso como nunca se había atrevido a dar. Pero Sara sabía que eso no era posible. No sabía cómo iba a reaccionar él, era solo una amistad de la infancia, y además su posición como jefa de cabina no le permitía hacer este tipo de exteriorización de sentimientos. Optó por usar su mejor arma y recibió a Marco con un efusivo “Buenas noches señor de la Ria, estamos encantados de recibirle a bordo”.

Marco ni se percató de la mujer que estaba en la puerta, entró como un remolino. En su plan era clave llegar tarde, no podía permitirse el lujo de que le hicieran muchas revisiones ni en maleta de mano ni cacheos físicos. Había pagado mucho dinero por volar en primera clase para estar cerca del piloto y poder llevar a cabo su objetivo. Le mostró su tarjeta de embarque a la azafata que le sonreía y fue a su asiento con un escueto “Buenas noches, disculpe el retraso”.

El corazón de Sara latía con una sonrisa enorme mientras instruía a los pasajeros sobre las salidas de emergencia y el protocolo de actuación. Deseaba que el avión despegara lo antes posible para poder acercarse a Marco y decirle quien era. El avión despegó y Marco empezó a rezar, a rezar a Alá. Sara no se lo podía creer, ese no podía ser su Marco. El piloto aún no había terminado de realizar el ascenso cuando Marco se levantó, sacó de su bolsillo un teléfono móvil y gritó “¡¡Sois unos infieles!! ¡¡Voy a morir por Alá!!”. Pulsó la tecla de llamada. Las miradas de Sara y Marco se cruzaron por primera vez. Ella mostraba tristeza, él arrepentimiento. El avión explotó. Sus almas se abrazaron como antes, él le pidió perdón y ella le sonrió.

 

Lanzaderas: reencuentro, amistad. Propuestas por Toni Plaza. ¡Gracias!