Mi primer tesoro de 2014.

Apuré el paso al escuchar las doce campanadas. Tenía mucho trabajo acumulado. A mis compañeros no les gustaba ir a la plaza del pueblo tal día como hoy, fin de año. Había mucha gente y lo más probable es que te pisaran, ¡au! y eso dolía, mucho. Pero a mi me encantaba pasearme y mirar cómo iban vestidas las mujeres, ver como los hombres cuchicheaban entre ellos sobre lo guapa que venía tal o cual.

Esa noche me traía una recompensa para casa, oro puro. Pesaba como un demonio, pero debía apresurarme para que nadie me lo robara. Era un bien muy preciado y codiciado por mis competidores. Por desgracia era tan grande que no me lo podía esconder. Lo llevaba cargado a la espalda.

Debía cargarlo solo 500 metros, pero para mi eran como 5 kilómetros. Por el camino me encontré con François. Nada más verme se le pusieron los ojos como platos. ¡Maldición! Me iba a quitar mi perla. Aceleré mi paso, pero habría necesitado cien pies para poder dejarlo atrás. El barullo no me dejaba ir más rápido, mi corazón iba a mil. “Corre, corre… por tu madre reina, corre”. François se acercaba amenazante con una sonrisa triunfal, el tesoro iba a ser suyo.

Nadie alrededor se estaba percatando de mi gran problema, parecía invisible. Si pudiera sudar estaría empapado. Necesitaba un milagro, milagro que llegó con nombre inglés: Johnny. Llegó babeando, con su paso lento y marcado, moviendo las caderas como sólo él sabe hacerlo. Su tamaño y anchura de espalda fue lo que frenó a François que salió pitando subiéndose al primer naranjo que encontró.

Johnny se reía de forma patosa. Le encantaba asustar a François. Aunque hubieran echado una carrera y François solo pudiera correr con una pata, Johnny no le habría alcanzado nunca. Era la presencia de Johnny lo que le amedrentaba, y, sobretodo, los prejuicios de sus orígenes.

Andaba yo relajado, pensando que llegaría tranquilo a casa, que podría enseñar a todo el mundo lo que tenía, cuando… ¡Jhonny! Se dio cuenta de lo que llevaba. Las babas se multiplicaron, su lengua intentaba recogerlas sin mucho éxito. ¡Ay! ¡Otra vez! “Corre, corre… por tu madre reina, corre”. El pesado paso de John me daba un poco de ventaja, pero estaba claro que dado su tamaño cada paso que él daba equivalían a 50 de los míos. ¡Puf!

Ya sólo me quedaban 200 metros para llegar a casa. ¡Muy poco! Pero este maldito de John me iba a fastidiar mi primer triunfo de 2014. Notaba su aliento en mi pompis, empezaba a empaparme con sus babas, su nariz no dejaba de olisquearme como un chucho cualquiera. Madre mía, siempre me tenían que chafar todos mis triunfos. Y esta vez iba a ser el gracioso de John.

Si. Me lo quitó.

Por culpa de ese maldito gato siamés que había llamado la atención del perezoso bulldog inglés no pude llevar hasta el hormiguero el grano de uva amarilla. Empecé el año mal, muy mal.

Participación Taller de Escritura nº14. Móntame una escena: doce campanadas.

Enero 2014.

www.literautas.com

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s